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miércoles, 5 de septiembre de 2007

Malos olores


Tirofijo: un asunto de efluvios
Marianella Salazar

En los tiempos del presidente Pastrana (1999), Hugo Chávez no era considerado como intermediario idóneo para el proceso de paz. En la prensa colombiana se leían opiniones adversas a su participación y hasta unas duras declaraciones del ex presidente Alfonso López Michelsen, recientemente fallecido, fueron determinantes para evitar su intervención en las complejas negociaciones de paz que se realizaban en San Vicente del Caguán.
Consideraban a Chávez más cerca –emocional e ideológicamente– de Tirofijo que de Pastrana y, de inmediato le hicieron la cruz.
El recién electo presidente venezolano vio entonces frustrado su deseo de ungirse como mediador ante las guerrillas colombianas. Hoy, sin embargo (o con embargo), se ha convertido por obra y gracia del conservador presidente Uribe (¿quién lo diría?), en el mediador, en la única y la última esperanza para que los 45 secuestrados por las FARC sean devueltos sanos y salvos.
Es tal el drama, pero sobre todo la desesperación que se sufre en el vecino país, que el hombre que ha mantenido vínculos permanentes con la guerrilla, que ha facilitado el territorio venezolano como aliviadero, que le suministra armas, municiones y dinero, es quien pueda lograr la liberación de los rehenes.
Por lo visto, se han atrofiado las sensibilidades olfativas en el gobierno de Uribe, no se hacen ascos, ni necesitan sacar el pañuelo para reconocer que Chávez es el interlocutor válido con la narcoguerrilla.
Todos los esfuerzos desplegados internacionalmente han resultado infructuosos, ni la solicitud formulada por el presidente francés a Uribe, para liberar a Rodrigo Granda, el ex canciller de las FARC, capturado en Venezuela, donde vivía protegido por el gobierno de Chávez, logró que devolvieran a la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt, mucho menos a los tres ciudadanos estadounidenses, ni al resto de los mártires que continúan en cautiverio.
De cierta forma es compresible que antes de tirar la toalla, Uribe tenga que apelar a los oficios del caudillo venezolano. Es su último recurso.
Un encuentro que apesta
Nadie pone en duda que las gestiones de Chávez ante la guerrilla serán fructíferas. La admiración y reconocimiento público de Chávez por el fundador de las FARC, Manuel Marulanda Vélez, considerado como el guerrillero más veterano del mundo, le está revolviendo la sangre a gente que es víctima de ascos insuperables.
Imaginar a Tirofijo entrando al Palacio de Miraflores, con su infaltable toalla en el hombro, da grima, no sólo por los hedores que –suponemos– se desprenden de ese trapito percudido con el que ha enjugado su rostro en las intrincadas selvas colombianas y venezolanas, donde se encuentran instalados los campamentos y los frentes de las FARC, sino por los innumerables crímenes contra la indefensa población civil, los asesinatos políticos, secuestros, reclutamientos de menores, instalación de minas antipersonales y todo tipo de actos terroristas condenados por organismos internacionales como crímenes de guerra, sin contar con el negocio de la droga que supera con creces los 1.000 millones de dólares.
Es un recuento siniestro que apesta. Algo huele mal, no en Dinamarca sino en Caracas, en Miraflores, putrefacto escenario del “ansiado encuentro”. Recibir a semejante sujeto es un acto repugnante, pero viniendo de un personaje como Chávez y conociendo sus precedentes con Fidel y Sadam Hussein no sorprende. Pero molesta y asquea muchísimo.

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